Porque todos consideran bello lo bello, así aparece lo feo.

Porque todos admiten como bueno lo bueno, así surge lo no bueno.

Ser y no ser se engendran mutuamente.

Lo difícil y lo fácil se forman entre sí.

Lo largo y lo corto se transforman mutuamente.

Lo alto y lo bajo se completan entre sí.

Sonido y silencio se armonizan mutuamente.

Delante y detrás se suceden entre sí.

Es la ley de la naturaleza.

Por eso el sabio obra sin actuar y enseña sin hablar.

Todos los seres se renuevan sin cesar. Así él crea sin esperar nada.

Cumple su obra pero no reclama su mérito.

Y precisamente porque no lo reclama su mérito nunca le abandona.

 

 

El cielo es eterno y la tierra permanente.

La razón por la que son eternos y permanentes

es porque no viven para sí mismos.

Por eso viven largamente.

Del mismo modo el sabio, situándose detrás,

se coloca delante.

Desprendiéndose de su yo,

su yo se conserva.

¿No es acaso porque renuncia a su individualidad

por lo que su individualidad se realiza?

 

 

 

El hombre de bondad superior es como el agua.

La bondad del agua consiste en que a todos sirve sin conflicto.

Mora en los lugares que todo hombre desprecia.

Por ello está próxima al Tao.

El lugar determina la calidad de la morada.

La profundidad determina la calidad del pensamiento.

El amor determina la calidad del trato con los demás.

La verdad determina la calidad de la palabra.

En el orden se manifiesta la calidad del gobierno.

El saber hacer determina la calidad de la obra.

El momento adecuado determina la calidad del movimiento.

Quien no se afirma a sí mismo

se libra de la crítica.

 

Conocer a los demás es sabiduría.

Conocerse a sí mismo es iluminación.

Vencer a los demás requiere fuerza.

Vencerse a sí mismo requiere fortaleza.

Quien consigue sus propósitos, es voluntarioso.

Quien sabe contentarse, es rico.

Quien no abandona su puesto, perdura.

Quien vive el eterno presente, no muere.

 

 

 

Lo más flexible del universo cabalga sobre lo más rígido.  

                  Lo que no es, penetra hasta donde no hay hendiduras.                        

En esto se conocen las ventajas de la no-acción.

Enseñar sin palabras y trabajar sin movimiento.

Nada en el mundo puede compararse a eso.

 

 

Sin salir de casa

se puede conocer el mundo.

Sin mirar por la ventana

puede conocerse el Tao del cielo.

Cuanto más lejos se viaja,

tanto menos se sabe.

Por eso el sabio conoce el mundo sin haber viajado,

distingue las cosas sin mirar

y realiza su obra sin actuar.

 

 

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